¡No Dejes de Luchar! La Batalla por la Santidad y el Escándalo de la Mediocridad
El mensaje es claro, contundente y, a la vez, profundamente evangélico: la santidad no es una opción para unos pocos, sino la vocación radical de todo bautizado. Si has emprendido la ardua carrera hacia la cumbre de la perfección cristiana y has caído, la respuesta nunca puede ser la deserción. El mundo y la Iglesia no se paralizan a la espera de héroes impecables, sino que claman por luchadores contusos que se levantan una y otra vez. La derrota más amarga no es el fracaso en un intento de santidad, sino la cobardía de jamás haberla intentado. Nos enfrentamos a la tentación constante de la mediocridad, esa apatía espiritual que nos hace mirar a nuestro alrededor, justificando la tibieza al constatar que "muchos ni lo intentaron". Pero Cristo no nos juzgará por la flaqueza de otros, sino por nuestra fidelidad a la gracia recibida. Este artículo es un llamado a desempolvar la armadura, a reconocer el pecado sin desesperar y a reanudar la marcha, pues la Iglesia, el Cuerpo Místico, tiene una necesidad apremiante: nos faltan Santos.
1. La Santidad: Una Vocación Universal y No Negociable
La primera y más fundamental verdad es que la santidad no es un adorno espiritual para monjes o mártires; es la meta intrínseca de la vida cristiana. El Concilio Vaticano II lo reafirmó con vigor, desterrando para siempre la idea de un "cristianismo de mínimos". La vocación a la santidad es el desarrollo pleno de la gracia bautismal.
"Todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de la santidad, cuyo Padre es el mismo Dios." (Lumen Gentium, 11).
No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de vivir lo ordinario extraordinariamente bien, con caridad perfecta, en el estado de vida al que Dios nos ha llamado. El intento de ser Santo es, por tanto, el único proyecto vital coherente para quien se sabe hijo de Dios.
2. El Escándalo del Fracaso: La Lección de la Humildad
El mensaje reza: "Si usted intenta ser Santo y falló...". Este "fallar" es la experiencia recurrente del pecado venial y, a veces, del pecado mortal, incluso en los más fervorosos. Pero es precisamente en la experiencia del fracaso donde se forja la santidad. La caída desvela la radical debilidad de la naturaleza humana herida y la insuficiencia de nuestras propias fuerzas.
"Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y limpiarnos de toda iniquidad." (1 Jn 1,8-9).
La santidad no es la impecabilidad, sino la constante rectificación gracias a la gracia divina. La humildad que surge de la caída (al contrario del orgullo que nos paraliza) es el terreno fértil para que actúe la Misericordia de Dios . El fracaso, bien asumido, no es un punto final, sino la puerta de entrada a una mayor dependencia de Dios.
3. La Parálisis de la Mediocridad: No Mirar a los que "No Intentaron"
La justificación para abandonar el camino suele venir de la comparación horizontal: "Soy mejor que los que ni siquiera rezan" o "Tantos hacen cosas peores". Esta mirada al prójimo que no lucha es la trampa de la mediocridad. El juicio de Dios es individual, basado en la medida de la gracia recibida.
"A todo el que se le dio mucho, se le exigirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará más." (Lc 12,48).
La Iglesia llama a esta tibieza la acedia, una forma de tristeza espiritual o pereza que nos desalienta en el esfuerzo ascético (CIC, 2733). Compararse a la baja es un acto de soberbia disfrazada de realismo. La única comparación válida es con el modelo de Cristo, no con el mínimo moral del entorno.
4. La Perfección como Meta: El Esfuerzo Ascético y Moral
La exhortación a "Continuar" exige entender la vida cristiana como una batalla y un progreso. San Agustín define la perseverancia en la lucha como la clave: "Nuestro progreso consiste en no cejar jamás" (San Agustín, Sermón 169, 15). La vida espiritual es una carrera de fondo, no un sprint.
El Catecismo nos recuerda que el combate espiritual del cristiano exige mortificación y oración:
"El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama 'mística' cuando alcanza su culmen posible aquí abajo: la identificación con Cristo." (CIC, 2014).
Este progreso requiere la cooperación constante entre la gracia de Dios y la voluntad humana (sinagoga), mediante los medios clásicos: sacramentos (especialmente la Confesión y la Eucaristía), oración y obras de misericordia. El "fallo" no es más que una señal de que el entrenamiento debe ser más riguroso, no de que la meta es inalcanzable.
5. La Santidad es Urgente: "Nos Faltan Santos"
La afirmación final, "nos faltan Santos", no es un lamento nostálgico, sino una declaración de la necesidad funcional y actual de la Iglesia. Los santos no son solo modelos históricos; son el motor de la vida de la Iglesia y sus intercesores más poderosos.
"Ellos nos precedieron. Ellos nos ayudan con su intercesión. La comunión con ellos no hace sino unirnos más estrechamente a Cristo, fuente y cabeza de toda santidad." (CIC, 957).
Cuando un cristiano lucha por la santidad, no solo salva su alma, sino que se convierte en luz y sal para el mundo (Mt 5,13-14), atrayendo a otros a Cristo. Un Santo, por su testimonio radical, tiene un poder de evangelización que mil discursos no alcanzan. La falta de santos vivos es, en esencia, la falta de luz en la oscuridad social y eclesial; de ahí la urgencia de reanudar el esfuerzo tras cada tropiezo. La Iglesia nos necesita en el combate, caídos y levantados, pero siempre perseverantes.
Conclusión
El camino de la santidad es el de los grandes de la fe, quienes, como San Pablo, no se consideraron ya perfectos, sino que proseguían su carrera para alcanzarla (Flp 3,12-14). Este texto nos arranca de la cómoda resignación: si caíste intentando ser santo, levántate. Tu lucha, tu fracaso y tu reanudación son un testimonio más poderoso que la pasividad de miles. El fracaso no define al Santo, sino la determinación heroica de no rendirse jamás. La Iglesia y el mundo necesitan hoy, más que nunca, tu coraje y tu perseverancia. La lucha no ha terminado.
Invitación a la Acción:
Haz hoy una confesión sincera de tus caídas y renueva tu propósito de santidad, comprometiéndote a un acto ascético concreto (más tiempo de oración, una mortificación pequeña o una obra de misericordia). No mendigues la mediocridad, sino clama a Dios la gracia de la perseverancia final.
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